Erich Fromm y el mundo que aprendió a obedecer

Erich Fromm y el mundo que aprendió a obedecer

Sus reflexiones ayudan a comprender el auge de discursos autoritarios y la mercantilización de la vida contemporánea

El pensador alemán vinculó libertad, democracia y responsabilidad social. Foto: Reproducción/Internet.
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Frankfurt am Main (Alemania) — El teléfono móvil suena antes del amanecer. El día comienza entre notificaciones, metas, exigencias y la sensación permanente de que siempre hay que producir más. En las redes sociales, millones de personas compiten por atención, reconocimiento y visibilidad. En el trabajo, la presión por el rendimiento se ha convertido en una rutina. En la política, los discursos autoritarios vuelven a ganar espacio prometiendo orden, protección y respuestas simples para problemas cada vez más complejos.

Aunque este escenario parece describir exclusivamente al siglo XXI, gran parte de sus contradicciones ya habían sido analizadas décadas atrás por un pensador que fue testigo de algunas de las mayores tragedias de la historia moderna. El filósofo, sociólogo y psicoanalista alemán Erich Fromm dedicó buena parte de su vida a una pregunta que continúa inquietando a sociedades enteras: ¿por qué los seres humanos renuncian voluntariamente a su propia libertad?

Nacido el 23 de marzo de 1900 en Frankfurt am Main, Fromm creció en una Europa atravesada por crisis económicas, guerras y profundas transformaciones sociales. Judío, intelectual y crítico de las estructuras autoritarias, observó de cerca cómo sociedades consideradas cultas, modernas y desarrolladas podían dejarse seducir por proyectos políticos basados en la intolerancia, la persecución y la concentración del poder.

Aquella experiencia no solo marcó su trayectoria personal. Se convirtió en el punto de partida de una reflexión que atravesaría toda su obra y que sigue dialogando con los dilemas de nuestro tiempo.

¿Por qué las personas aceptan la autoridad?

A diferencia de otros pensadores que intentaban explicar el fascismo únicamente desde la economía o las instituciones políticas, Fromm buscó comprender algo más profundo: el comportamiento de las personas comunes.

¿Cómo fue posible que millones de ciudadanos apoyaran regímenes autoritarios? ¿Por qué tantos individuos aceptaron la pérdida de derechos y libertades en nombre del orden o la seguridad?

La respuesta que encontró fue incómoda.

Para Fromm, la libertad también puede producir miedo.

Ser libre implica decidir, asumir responsabilidades y convivir con la incertidumbre. No todas las personas están preparadas para cargar con ese peso. En tiempos de crisis económica, inseguridad social o inestabilidad política, aumenta la tentación de delegar decisiones en líderes que prometen protección, certezas y soluciones rápidas.

De esa reflexión nació una de sus obras más influyentes, El miedo a la libertad, publicada en 1941. Más de ocho décadas después, el libro continúa ofreciendo herramientas para comprender el crecimiento de movimientos autoritarios en distintas partes del mundo.

Las preguntas que formuló entonces siguen vigentes en una época donde el miedo, la polarización política y la frustración social alimentan discursos que cuestionan los propios fundamentos de la democracia.

La obediencia comienza mucho antes de la política

Para Fromm, el autoritarismo no surge únicamente desde los gobiernos.

Comienza a construirse mucho antes.

Está presente en formas de educación basadas exclusivamente en la obediencia, en relaciones jerárquicas que desalientan el pensamiento crítico y en estructuras sociales que enseñan a adaptarse antes que a cuestionar.

“El padre es, respecto al hijo, el primer transmisor de la autoridad social.”

La frase resume una de las ideas centrales de su pensamiento. Las relaciones de poder no se imponen únicamente desde afuera; también son aprendidas, interiorizadas y reproducidas cotidianamente.

Esa reflexión adquiere una nueva dimensión en un tiempo marcado por plataformas digitales que premian la conformidad, castigan la diferencia y convierten la aprobación social en una necesidad permanente.

Cuando el mercado define quiénes somos

Fue también en su crítica a la sociedad de consumo donde Fromm desarrolló algunas de sus ideas más provocadoras.

Al observar la expansión del capitalismo industrial durante la segunda mitad del siglo XX, advirtió que el crecimiento económico no necesariamente producía seres humanos más realizados o más felices.

Por el contrario.

El aumento del consumo convivía con sentimientos de vacío, aislamiento y pérdida de sentido.

Según Fromm, el mercado había dejado de vender únicamente bienes materiales. También comenzaba a moldear identidades, aspiraciones y formas de relacionarse con los demás.

Las personas pasaron a medir su valor según lo que poseen, producen o son capaces de exhibir. El éxito económico se convirtió en una medida de reconocimiento social y, en muchos casos, de valor humano.

Décadas antes de la aparición de los influencers, de las métricas digitales y de la cultura de la exposición permanente, Fromm ya advertía sobre los riesgos de una sociedad donde los individuos terminan viéndose a sí mismos como mercancías.

“Las personas no se han convertido en esclavas, sino en robots.”

La frase sigue resonando en un mundo donde algoritmos monitorean comportamientos, plataformas transforman la atención en negocio y las relaciones humanas son cada vez más mediadas por indicadores de rendimiento y popularidad.

Alienación, soledad y sufrimiento

Mucho antes de que la salud mental ocupara un lugar central en el debate público, Fromm ya relacionaba el sufrimiento psicológico con la organización de la vida social.

Para él, los seres humanos no viven únicamente de necesidades materiales. También necesitan afecto, pertenencia, creatividad y sentido.

Cuando esas necesidades chocan con estructuras económicas y culturales que estimulan la competencia permanente, el aislamiento y el individualismo extremo, aparecen fenómenos como la ansiedad, la depresión, la apatía y la alienación.

Su reflexión ayuda a comprender por qué sociedades tecnológicamente avanzadas conviven hoy con niveles crecientes de sufrimiento emocional, incluso en contextos de abundancia material.

Un pensador que sigue hablando a América Latina

Aunque nació en Alemania y desarrolló buena parte de su obra en Estados Unidos, Fromm mantuvo una relación profunda con América Latina. Durante años vivió y enseñó en México, donde trabajó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y contribuyó a la formación de generaciones de investigadores, intelectuales y profesionales de las ciencias sociales.

No se trata de un detalle menor.

Muchas de las preguntas planteadas por Fromm encuentran hoy un terreno fértil en América Latina, una región atravesada por desigualdades persistentes, democracias sometidas a tensiones permanentes y sociedades donde amplios sectores de la población enfrentan precarización laboral, endeudamiento, incertidumbre económica y pérdida de expectativas de futuro.

En distintos países latinoamericanos, el descontento social ha alimentado el crecimiento de liderazgos que prometen orden, autoridad y soluciones rápidas frente a problemas estructurales. Desde posiciones ideológicas diversas, muchos de esos discursos encuentran apoyo precisamente en aquello que Fromm identificó hace décadas: el miedo, la inseguridad y la necesidad humana de encontrar certezas en tiempos de crisis.

Sus reflexiones también ayudan a comprender una contradicción cada vez más visible en la región. Nunca hubo tantas herramientas para comunicarse, expresarse y acceder a información. Sin embargo, millones de personas experimentan sentimientos de aislamiento, frustración y falta de sentido. Nunca hubo tantas posibilidades de elección y, al mismo tiempo, tanta sensación de impotencia frente a decisiones económicas y políticas que parecen escapar al control ciudadano.

Más de cuatro décadas después de su muerte, ocurrida en 1980, Fromm sigue ofreciendo una pregunta incómoda para América Latina y para el mundo.

En sociedades que celebran la libertad como uno de sus valores fundamentales, pero donde millones de personas viven bajo la presión constante de producir, competir, consumir y obedecer, la discusión continúa abierta.

Porque quizás el desafío ya no sea solamente defender la libertad frente a quienes intentan arrebatarla.

Tal vez el desafío sea reconocer cuántas veces terminamos entregándola voluntariamente.

Y esa pregunta, más que pertenecer al siglo pasado, parece escrita para nuestro tiempo.


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