Este domingo, los habitantes de Ghobeiry, en la periferia sur de Beirut, volvieron a escuchar un sonido que conocen desde hace generaciones: el de los aviones de combate israelíes cruzando el cielo de la capital libanesa. Poco después llegaron las explosiones, el humo y la desesperación entre edificios alcanzados por los bombardeos. Equipos de rescate trabajaron entre los escombros mientras familias intentaban localizar a sus seres queridos y escapar de nuevos ataques.
La ofensiva ocurrió en medio de nuevas declaraciones de Donald Trump sobre la necesidad de avanzar hacia entendimientos que reduzcan las tensiones en Oriente Medio. Horas más tarde, el presidente estadounidense anunciaría un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, acompañado de la promesa de reabrir el Estrecho de Ormuz y poner fin al bloqueo naval norteamericano contra puertos iraníes.
La coincidencia resulta imposible de ignorar.
Por un lado, Washington presentaba al mundo lo que calificó como un avance diplomático de alcance histórico. Por otro, Israel ampliaba una vez más sus operaciones militares sobre territorio libanés bajo el argumento de combatir amenazas vinculadas a Hezbollah.
La escena resume una de las contradicciones más persistentes de la política internacional contemporánea: la paz se proclama en los palacios mientras la guerra continúa siendo vivida en las calles.
Sería un error minimizar la importancia del acuerdo anunciado entre Washington y Teherán. Si se implementa, podría contribuir a reducir tensiones que desde hace años amenazan una de las regiones más estratégicas del planeta. La reapertura del Estrecho de Ormuz, por donde circula una parte significativa del petróleo mundial, tiene capacidad para modificar flujos comerciales, aliviar presiones sobre los mercados energéticos y evitar una escalada militar de consecuencias imprevisibles.
Pero también sería un error ignorar lo que ocurría simultáneamente en Beirut.
Mientras el mundo observaba discursos sobre estabilidad, los habitantes del sur de la capital libanesa buscaban refugio. Mientras los diplomáticos hablaban de entendimientos, los equipos de emergencia retiraban víctimas de entre los escombros. Mientras se celebraba la posibilidad de una nueva etapa política para la región, las bombas seguían cayendo sobre zonas urbanas.
Es precisamente en esa distancia entre el anuncio y la realidad donde reside la cuestión central.
La narrativa más cómoda intenta presentar a Trump como el negociador y a Benjamin Netanyahu como el hombre de la guerra. Uno habla el lenguaje de los acuerdos. El otro habla el lenguaje de las armas. Uno aparece ante las cámaras prometiendo estabilidad. El otro surge en comunicados militares justificando bombardeos.
Sin embargo, la diferencia de métodos no implica necesariamente una diferencia de proyecto.
Durante décadas, Estados Unidos e Israel han construido una de las alianzas geopolíticas más sólidas del mundo contemporáneo, sostenida por intereses militares, económicos, energéticos y estratégicos que trascienden gobiernos, partidos y liderazgos circunstanciales.
Es allí donde la vieja imagen del policía bueno y el policía malo adquiere utilidad política.
Uno ofrece la negociación.
El otro exhibe la fuerza.
Métodos distintos, frecuentemente puestos al servicio de una misma arquitectura de poder.
Trump puede aparecer como el dirigente que anuncia un acuerdo con Teherán y la apertura de Ormuz. Netanyahu puede aparecer como el gobernante que ordena bombardeos sobre Beirut. Pero ambos siguen vinculados a una estructura que, desde hace décadas, protege la superioridad militar israelí, preserva la influencia estadounidense en Oriente Medio y convierte las vidas palestinas, libanesas, iraníes y árabes en piezas secundarias dentro de un tablero atravesado por petróleo, rutas comerciales, bases militares y disputas de influencia regional.
El Líbano conoce profundamente esa realidad.
En 1982, la invasión israelí alteró la historia política del país y dejó heridas que atraviesan generaciones. En 2006, una nueva guerra devastó barrios enteros, destruyó puentes, carreteras e infraestructura esencial, profundizando una crisis humanitaria cuyos efectos siguen presentes hasta hoy.
Entre una guerra y otra se multiplicaron los bombardeos, las incursiones militares, las tensiones fronterizas y los períodos de inestabilidad permanente.
Para muchos libaneses, la paz nunca llegó a convertirse en una condición duradera. Se transformó apenas en el intervalo entre un conflicto y otro.
Palestina ofrece quizá el ejemplo más brutal de esta lógica.
Durante décadas, distintos gobiernos estadounidenses defendieron públicamente negociaciones y soluciones diplomáticas para el conflicto palestino-israelí. Al mismo tiempo, avanzaron los asentamientos, se fragmentaron territorios, se demolieron viviendas, se mantuvieron bloqueos y las operaciones militares transformaron la vida cotidiana de millones de palestinos.
En Gaza, la palabra genocidio dejó de ser únicamente una denuncia política para ocupar el centro de debates jurídicos, diplomáticos y humanitarios a escala internacional.
Pero mientras gobiernos y organismos discuten términos, definiciones y resoluciones, una realidad permanece innegable: miles de civiles han muerto, ciudades enteras han sido devastadas y una generación completa crece entre ruinas.
América Latina observa estos acontecimientos desde una experiencia que le resulta familiar. A lo largo de su historia, la región ha conocido intervenciones extranjeras justificadas en nombre de la seguridad, bloqueos económicos presentados como instrumentos de presión política y decisiones tomadas en centros de poder distantes cuyos efectos terminan recayendo sobre pueblos enteros. Desde el Caribe hasta el Cono Sur, la memoria latinoamericana conserva las marcas de conflictos donde los discursos sobre estabilidad y democracia convivieron con golpes de Estado, ocupaciones, sanciones y violaciones de la soberanía nacional. Por eso, cuando Oriente Medio vuelve a oscilar entre anuncios de paz y demostraciones de fuerza militar, la discusión trasciende las fronteras de la región. También dialoga con una pregunta conocida por los pueblos latinoamericanos: ¿quién paga el precio de las disputas geopolíticas libradas por los poderosos?
Por eso, la crueldad de Trump y Netanyahu no puede analizarse únicamente a partir de la diferencia entre el discurso y la bomba.
Debe comprenderse desde la complementariedad de los papeles que ambos desempeñan.
El acuerdo anunciado por Trump puede aliviar tensiones entre Washington y Teherán, pero no exime a Estados Unidos de su papel histórico en el respaldo político, militar y diplomático a Israel.
De la misma manera, los ataques ordenados por Netanyahu no constituyen accidentes aislados dentro del escenario regional. Forman parte de una lógica de fuerza que se sostiene gracias a protección política, financiamiento y cobertura internacional.
Son los pueblos que viven en el territorio quienes comprenden mejor esta contradicción.
La comprenden los padres que entierran a sus hijos en Gaza.
La comprenden los agricultores palestinos que pierden tierras, cultivos y acceso al agua en Cisjordania.
La comprenden los habitantes del sur del Líbano que este domingo volvieron a acompañar el trabajo de los equipos de rescate entre edificios destruidos.
Para ellos, la guerra no es un concepto geopolítico.
Tiene dirección.
Tiene memoria.
Tiene consecuencias.
Interrumpe estudios, destruye hospitales, cierra escuelas, separa familias y produce traumas que atraviesan generaciones.
Por eso, la pregunta más importante no es si el acuerdo anunciado por Trump representa una victoria diplomática.
Tampoco si Netanyahu continuará apostando por la fuerza militar como instrumento de presión regional.
La pregunta central es otra.
¿Será capaz este acuerdo de interrumpir la lógica política, económica y militar que convierte a poblaciones enteras en rehenes de intereses estratégicos?
¿Será capaz de impedir nuevos bombardeos?
¿Será capaz de proteger a los civiles?
¿Será capaz de colocar la vida humana por encima del petróleo, de las alianzas militares, de las disputas de influencia y de los cálculos electorales?
La respuesta todavía no existe.
Pero difícilmente será encontrada en los discursos oficiales.
Habrá que buscarla en las calles de Gaza, en las aldeas de Cisjordania, en los barrios del sur de Beirut y en todos aquellos lugares donde las consecuencias de las decisiones políticas dejan de ser teoría para convertirse en vidas destruidas.
Porque este domingo, mientras los líderes celebraban acuerdos y anunciaban una nueva etapa para Oriente Medio, los habitantes de Ghobeiry repetían un gesto aprendido a lo largo de décadas de conflicto.
Corrían.
Corrían para sobrevivir.
Corrían para encontrar a sus familiares.
Corrían para escapar de las bombas.
Y tal vez sea precisamente en esa distancia entre la paz proclamada por los poderosos y la paz vivida por los pueblos donde siga residiendo el mayor desafío del Oriente Medio contemporáneo.
Ningún acuerdo será verdaderamente histórico mientras las poblaciones de la región continúen corriendo para escapar de las bombas en busca de una paz que todavía existe más en los discursos que en la realidad.








